Rafael Rodríguez Olmos
Hace 25 años, en una
investigación que hice sobre la violencia en Colombia, cuyos reportajes se
publicaron en el diario Economía Hoy, ya desaparecido, me topé con un libro
recién publicado en 1990 titulado “No nacimos pa´semilla” de Alonso Salazar. El
autor hizo una amplia investigación sobre la violencia y sus formas en la Colombia
de entonces. Hay narraciones allí que hielan la sangre. Hubo a principios de
los 60 una modalidad impuesta por el Estado colombiano de pagar cazadores de
recompensa para que buscaran asesinos que estaban esparcidos por todo el país.
A uno de esos cazarecompensas lo enviaron a buscar a un personaje llamado
“Gorra negra” a quien finalmente capturó, mató y decapito y anduvo por días con
la cabeza putrefacta y llena de gusanos hasta llegar a la policía para que le
pagaran. También había una modalidad en los asesinatos llamado el “corte de
franela”, el cual consistía en poner la cabeza de la persona viva en la baranda
de un puente y decapitarlo con un machete a la altura del hombro. La intención
era que la cabeza cayera al vacío. Eran “chusma liberal matando conservadores y
chusma conservadora matando liberales”, tal cual narra uno de los entrevistados
por el escritor y a las fuerzas armadas colombianas aliados de ambos. Esa
violencia nació el 9 de abril de 1948 con el asesinato del líder político Jorge
Eliecer Gaitán. Una violencia que no se detiene. Hace apenas cuatro días,
soldados colombianos detuvieron a una ex guerrillera de las Farc incorporada al
proceso de paz ya en la vida civil. La decapitaron viva, según narran ellos
mismos y publicaron las fotos.
Narro estos hechos porque hace
poco vi el video de unos terroristas que mataron a un motorizado en Puerto la
Cruz, y no se conformaron con matar al “sucio chavista”, sino que le pegaron
fuego y luego entre todos le tiraban piedras al cadáver para ver si ya lo era.
Casi paralelamente hacían lo mismo con otro joven en Altamira. Van 23
asesinatos por fuego, con el más notorio de todos, el asesinato de Orlando
Figuera a quien incluso apuñalaron en la cabeza. Otro video muestra a un grupo
de terroristas en el estacionamiento de un edificio rompiendo vidrios y faros
de los carros y robando todo lo que había dentro de ellos, con un nivel de
impunidad que alarma. O las fotos de dos tipos que fueron acusados de
chavistas, desnudados y amarrados a postes de alumbrado, luego de la respectiva
coñaza.
Es decir, llegaron a tal nivel de
impunidad que se sienten no solo con autoridad para cometer estas fechorías,
todos delitos y no políticos por cierto, sino que ya deciden sobre quién vive y
quién muere durante las guarimbas. El desquiciamiento llegó a niveles en que se
están produciendo enfrentamientos entre ellos mismos por las agresiones de que
son objetos. Como el video del cobarde que le dañó el carro a una mujer que iba
con su hijo, un empresario por cierto, quien recibe todo tipo de maldiciones de
la dama. A ese nivel de enfermedad mental llegaron los que dicen que en
Venezuela hay una dictadura, pero se encargan de obligar a todo el mundo a
quedarse en su casa mientras ellos destruyen el entorno. Están generando uno de
los mayores ecocidios del país, tumbando árboles centenarios con moto sierras y
nadie dice nada. Destruyen bienes públicos y privados, y nadie es capaz de
reclamar por temor al castigo. Increíble.
Cabe destacar que por ningún lado
en esas acciones se ve al pueblo. Es menos del uno por ciento de la población la
que hace esto en las zonas de clase media del país. Ni de vaina en zonas de la
burguesía. Por ejemplo, destruyen todo en Chacao pero no se asoman al Country
Club, urbanización de Los Amos del Valle que también está en Chacao. Igual
ocurre en Valencia, Barquisimeto o Puerto la Cruz. Por ningún lado están los barrios
participando, que es la inmensa mayoría del país. No vimos a la gente Antímano,
La Yaguara, Caricuao, El Valle, Las Mayas, Petare, Lídice, Manicomio, 23 de
Enero, Miguel Peña, Las Palmitas, Yagua, Guacara y miles de sectores que
concentran millones de personas que todos los días van en busca del sustento y
que cada vez se arrechan más cuando encima de la falta de transporte, se
encuentran con que dos malvivientes le cerraron el paso con un pedazo de árbol
arrancado de su proceso natural.
Hay allí en esa Guarimba un
peligroso coctel: uno) los hijitos de papá con todo tipo de patologías. Jóvenes
con hogares destruidos, padres maltratadores, madres sumisas, alcohólicas o
drogadictas. Chicos carentes de afecto, drogadictos a quienes antes les daban
dólares para viajar cuatro o cinco veces al año. La arrechera es que ahora solo
viajan una, aunque siguen viajando. Son muchachos carentes de afecto y de
respeto. Por ello uno los ve en ese sanguinario comportamiento violento contra
todo aquello que se le oponga. En ellos descargan su frustración de lo que
sufrieron con sus padres. Dos) delincuentes, malandros, pranes, bichos de mala
calaña, capaces de hacer cualquier cosa por la tarifa respectiva. Esos no
tienen padre, ni madre, ni saben lo que es ética o moral. Tres) paramilitares
conocedores de las formas de violencia y las cosas que se pueden hacer con una
simple botella de refresco y unos clavos. Son contratados para sembrar el
terror, que es lo que hemos visto cuando se meten a las comunidades indefensas.
Eso es lo que ellos llaman “la resistencia” una resistencia que ya asusta a los
mismos que los contrataron porque se les fueron de la mano y muy pronto serán
sus víctimas.
Lo más preocupante de todo esto,
es que los sectores pensantes de la oposición, gente con niveles de formación,
profesionales universitarios, sacerdotes, madres, padres, tengan todo tipo de
justificación para que estos hechos se produzcan. Como mi amiga, siempre
ecuánime, siempre ponderada, siempre humana y siempre cristiana, de la noche a
la mañana me dijo que Armelina Carrillo era una víctima de esta guerra. Es
decir, estaba justificando que un tipo le tirara una botella con agua congelada
desde un edifico para matarla en seco, condición sine qua non para sacar a Maduro del poder. Recuerdo que le dije
“supongo que le dijiste eso a Dios, porque vas a misa casi todos los días”.
La pregunta es cómo el odio puede
llegar a generar tales niveles de irracionalidad. Algunas religiones aseguran
que estamos cerca de una cosa que llaman “el Armagedón”. Algunas dicen que
estamos cerca del fin. En lo personal no lo creo, porque cuando analizamos los
hechos a nivel mundial, encontramos que estos niveles de violencia son iguales
en países donde se ha pretendido derrocar un gobierno por simplemente afecta
los intereses del Big Brother. Y qué curioso que los métodos son iguales.
La tragedia de esta oposición es
que no tiene ni idea de qué hacer, ni por donde comenzar. Insiste en promover
tales niveles de violencia, sin entender que su propia gente, al menos la que
queda sana mentalmente, también se niega a participar en barbarismos de esa
calaña. Lo otro es seguir viendo cómo queman a seres humanos sin culpa alguna,
o envían a sus propios muchachos a volarse el pecho con morteros. Y son los
pensantes los que deben detener toda esa violencia, porque de lo contrario, no
estamos lejos de que comiencen a decapitar personas.
Caminito de hormigas…
Así como el gobernador de
Anzoátegui y el jefe de la Zodi allí, debieron renunciar por incompetentes, por
permitir que quemaran un depósito de alimentos, también debe renunciar quien le
dio el cargo a Isaías Medina. Es imperdonable que en momentos de guerra como
estos, aparezca un tipo que supuestamente era revolucionario, con un altísimo
cargo en la diplomacia venezolana, diciendo las barbaridades que dijo. Así hay miles
en el gobierno. Una estupidez que no se puede permitir. Me pregunto qué hubiera
hecho el Che.
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