Rafael
Rodríguez Olmos
El 29
de diciembre de 1890, soldados del 7º Regimiento de Caballería, reunieron en la
reserva india de Pine Ridge cerca
del arroyo Wounded Knee, en Dakota del Sur a miembros de la tribu Lakota. Los
soldados comenzaron a disparar de manera indiscriminada contra los nativos,
matando hombres, mujeres y niños e incluso a algunos soldados estadounidenses.
Los guerreros lakota que todavía estaban armados respondieron al fuego, pero
enseguida fueron abatidos. Los lakota supervivientes huyeron, pero la
caballería estadounidense los persiguió y mató, a pesar de que muchos de ellos
iban desarmados. Las investigaciones posteriores determinaron que asesinaron a
unas 300 personas, de los cuales más de 200 eran mujeres y niños.
“Esta
familia, los jóvenes esposos como de 35 años, cruzaban a las siete de la mañana
por la plaza Ozama. El padre llevaba al menor de la mano y la madre iba detrás
con los otros dos a un lado cada uno. De pronto se oyó un disparo y el padre
cayó botando borbotones de sangre por la cabeza. Casi de inmediato cayó la
madre con un tiro en la cien. Todos los vecinos nos pusimos en las esquinas,
llamando a los niños para que salieran de allí, pero estaban asustados y
llorando. Como media hora después, el varoncito, como de seis, recibió un tiro
por la espalda y cayó de inmediato. La hembrita, como de cinco lloraba y
agarraba al menorcito que tenía como dos añitos. Eran como las siete y media cuando
la hembrita recibió un disparo que le voló los sesos por todos lados. La gente desesperada,
no sabía qué hacer. Gritaba y lloraba cuando una mujer salió de una cornisa y
corrió a la plaza, cargó al menorcito vivo y antes de comenzar a correr,
recibió un disparo en la cara que llenó al niño de sangre. Le gritamos, le
ofrecimos comida, leche, pan, pero el niño no se movía, solo lloraba. Allí
estuvo paradito, se había hecho pipí en los pantaloncitos. No hubo forma de
moverlo de allí. Como a las dos de la tarde, siete horas después, recibió un
disparo en el ojo izquierdo y su sufrimiento finalmente cayó al pavimento. Como
a las cuatro llegó un comando de los constitucionalistas y logró matar al
francotirador. Era un marine de los Estados Unidos. Tenía diecinueve años según
sus papeles y como un kilo de marihuana en un paquete. De eso hace 37 años, yo
tenía 50. Ahora tengo 87 años y no he podido borrar esa imagen de mi mente, es
como una película que se te reproduce. La recuerdo como si fuera ayer”.
Esa fue
la narración que me hiciera Salvador Sánchez en el año 2000, un dominicano que
en 1966 vino a buscar suerte en Venezuela y no regresó nunca más a su país.
Vivió la invasión a República Dominicana de una fuerza multinacional enviada
por la OEA, encabezada por Estados Unidos en abril de 1965. Desembarcaron a esa
islita con una población de 3.8 millones de habitantes para entonces, 42.000
marines y paracaidistas estadounidenses, 1.130 soldados brasileños, 250
soldados hondureños, 184 soldados paraguayos, 160 soldados nicaragüenses, 21
policías militares costarricenses, 3 oficiales salvadoreños. Los historiadores
aún no coinciden, pero estiman que, esas “fuerzas de paz”, mataron entre 2.500
y 5.000 civiles dominicanos.
La masacre
de No Gun Ri ocurrió del 26 al 29 de julio de 1950, al comienzo de
la Guerra de Corea, cuando un número indeterminado de los
refugiados surcoreanos fueron asesinados en un ataque aéreo de los EE. UU. y
por fuego de armas pequeñas y pesadas del 7º Regimiento
de Caballería (otra vez el 7º Regimiento de Caballería) en un puente
ferroviario cerca de la aldea de Nogeun-ri, a 160 km al sureste de Seúl. En 2005, una investigación del gobierno de
Corea del Sur certificó los nombres de 163 muertos o desaparecidos y 55
heridos, y agregó que no se informaron los nombres de muchas otras víctimas. La
Fundación para la Paz No Gun Ri, financiada por el gobierno de Corea del Sur,
estimó en 2011 que murieron entre 250 y 300 personas, en su mayoría mujeres y
niños.
El 16 de
marzo de 1968 las tropas de Estados Unidos lanzaron una
operación en la región de Son My en la búsqueda de vietcongs, como se les decía a los combatientes de Vietnam
del Norte. Al segundo teniente William
Laws Calley y a su sección le
fue asignada la zona My Lai. Al llegar a la zona de aterrizaje, los
helicópteros dejaron a los soldados y se desplazaron a la posición de espera. A
lo largo de cuatro horas, Calley y sus hombres violaron a
las mujeres y las niñas, mataron el ganado y prendieron fuego a las casas hasta
dejar el poblado arrasado por completo. Para terminar, reunieron a los
supervivientes en una acequia. Los pilotos y artilleros del helicóptero, vieron
cómo Calley disparó su arma contra ellos y ordenó a sus hombres que hicieran lo
mismo hasta matar a todos los habitantes de la zona (es decir, ancianos,
mujeres y niños). Aunque se desconoce la cifra exacta de asesinados, se estima
que fueron 504. Calley aún vive, tiene 73 años.
El 11 de marzo del 2012,
un soldado estadounidense mató 16 civiles en Afganistán, la mayoría de ellos
niños.
Desde 1898 con la
invasión a Filipinas, hasta 1991 con la invasión a Irak (107 años), los Estados
Unidos han provocado 67.649.760
asesinatos, es decir, 632.240 personas por año, o sea, 52.686 personas por mes,
1.756 personas por día, 73 personas por hora, más de una cada minuto. Faltan 28
años de recuento histórico.
Será lo mismo que harán en Venezuela, si llegan a entrar. Actuarán en nombre de la paz, en nombre de la democracia, en nombre de la civilización, en nombre de Dios, pero no les importará convertirla en lo que han convertido al mundo, en un gigantesco matadero. No les interesa ni el pueblo, ni el país, solo el petróleo, como lo confesaron sus propios halcones. La cultura del asesinato está en sus ADN. Al fin y al cabo, son murderers by nature.
Caminito de hormigas…
Cuando uno ve lo que dijo la
periodista Sasha López, de que veríamos niños gringuitos producto de la
relación de mujeres venezolanas con soldados yanquis invasores, entiende la
degradación del periodismo. Tan ignorante es esta sin cerebro, que desconoce
que los primeros invasores, serán soldados brasileros negros y colombianos. Y que,
además, ya no vienen a las invasiones, gringos catires de ojos azules, porque
todos, o la mayoría, son soldados yanquis de origen latino.
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