Rafael Rodríguez Olmos
Malcolm
X, el gran líder negro por los derechos civiles en Estados Unidos, dijo una vez
“si no estáis prevenido ante los medios de comunicación te harán amar al opresor
y odiar al oprimido”.
Esos
poderosos medios de comunicación que siempre estuvieron al servicio, no de la
verdad, sino de los intereses de los dueños de todo. “Tú
has los dibujos, que yo pondré la guerra”, le escribió William Random Hearst, a
uno de sus dibujantes, quien estaba en La Habana, para que enviara un material
gráfico al periódico New York Journal, el cual ilustraría el conflicto entre
Estados Unidos y España, por allá en 1898. Fue su intervención para que Estados Unidos entrara en guerra
contra España apoyando la independencia de Cuba. Fueron los periódicos de
Hearst los que acusaron a España de la voladura del barco Maine, y forzaron al
presidente McKinley a emprender una guerra que facilitó a Estados Unidos el
dominio del Canal de Panamá y provocó la pérdida de las últimas colonias
españolas. Fue sin duda Hearst quien puso la guerra, cuando sus periodistas le
consiguieron las fotos. Anticomunista furibundo, partidario de la caza de brujas, acusado de xenófobo y pronazi, se
defendió siempre alegando que el hacía las noticias. “I make the news” era otra
de sus frases favoritas, junto a aquella que asegura que “las noticias son lo
que va en los periódicos en los huecos que deja la publicidad”, sentencia que
creó doctrina entre los gerentes y administradores de los medios actuales.
Ya para 1898, Hearst utilizó el escándalo,
el amarillismo y la manipulación mediática para apoyar sus intereses
comerciales y políticos. Uno de sus perversiones periodísticas más conocidas
fue la campaña contra la Revolución Mexicana, apoyando primero el porfiriato y luego el régimen autoritario de
Huerta, con la intención de preservar las enormes haciendas y propiedades que
tenía en México.
Con ese poderoso y novísimo medio de
comunicación de masas, se desarrolló la nefasta Doctrina Monroe de “América
para los americanos” en el siglo XX, al que se añaden dos nuevos medios de
comunicación: la poderosa radio y la televisión; que alguna vez bauticé como el
Monstruo sagrado del siglo XX. Esa doctrina Monroe, fue complementada con la
Doctrina Roosevelt: el Big stick, “habla suavemente y lleva un garrote, así
llegarás lejos”. Era la guinda de la Doctrina Monroe. Sobre ella se hicieron
todos los desmanes yanquis en el mundo entero. Matanzas en la Primera y Segunda
Guerra Mundial, golpes de Estados, Magnicidios, genocidios, hasta la perfección
de la teoría funcionalista y la incorporación de la sicología a las teorías de
la comunicación, tales como la Agenda Setting y la teoría de la Bala Mágica,
también conocida como Aguja Hipodérmica (groseramente conductista).
Edward
Berney (1891-1995), una de las mentes más maquiavélicas sobre las que yo haya
leído en mi vida, refiriéndose al tema de la manipulación y el control del
poder a través de ella, dijo: “la manipulación inteligente de las masas es un
gobierno invisible, que es el verdadero poder gobernante en nuestro país”. Se
refería a Estados Unidos, en donde él, sobrino de Freud y asesor de presidentes
sucesivos, generó proyectos de extrema importancia sobre control de las masas.
La
aparición de la internet, los teléfonos celulares y las redes antisociales,
llevaron toda esa perversión a otros niveles de control de las masas, como dijo
Malcolm X, odiar a Kadafi, quien era el oprimido y convertir a Libia, el país
socialmente más avanzado del mundo, en un no país, controlado por pandillas,
mafias y empresas bucaneras, siempre al servicio del Big Brother. Y a través de
los medios, convencer a las masas de que debía ser así. Como la desintegración
de Irak, Afganistán, Panamá y cientos de ejemplos más.
La
doctrina del Big Stick fue sustituida por una forma de represión mucho más
brutal, mucho más cruel, mucho más mortífera y mucho más convincente. En los
últimos 30 años, la receta de Estados Unidos para los países que desea
destruir, pero apoderarse de sus riquezas, ha sido la misma. Se crea una
oposición cuyo primer argumento es la muerte del pueblo por hambre, por lo que
se pide ayuda humanitaria; y luego se crea un ejército de liberación, que, al
no poder derrocar al gobierno, pide la invasión de una fuerza multinacional
ordenada por la OEA, por la ONU o por la OTAN.
En Libia
pidieron ayuda humanitaria, luego de que Estados Unidos y los países europeos
le había robado 200 mil millones de dólares depositados allá en sus bancos. En
el caso de Venezuela, Estados Unidos e Inglaterra le acaban de robar
descaradamente, sin que ningún organismo internacional diga nada, 30 mil
millones de dólares; y ahora ofrecen 20 millones de dólares en ayuda
humanitaria
.
Lo peor
de toda esa realidad, es que hay venezolanos, que, por el odio a Nicolás Maduro,
puedan estar de acuerdo con eso. Están justificando un baño de sangre, que, se
sabrá cuando comienza, pero no se sabrá cuando terminará. Chávez lo dijo muchas
veces: “somos un pueblo pacífico, pero armado”. Las naciones tienen que
resolver sus conflictos internos por sí mismos, sin injerencias ni
imposiciones. Los tambores de la guerra nunca han favorecido a los más débiles.
Estados Unidos
ofrece ayuda humanitaria a una nación de la que solo quiere su
petróleo, confesado por ellos mismos.
Hay que preguntarse, porque no ayudar
humanitariamente a sus connacionales que suman 50 millones, pobres de
solemnidad, con casi un millón de personas que no tienen dónde vivir. Pero ese
es el gran poder de los medios de comunicación, y ahora de las poderosas redes
antisociales, hacen que amemos al opresor y odiemos al oprimido.
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